UNA NOCHE DE ESTAS...
Menos
mal que nos separa
esta triste pared…
Antonio Martínez Ares.
Son las dos de la
madrugada y no puedo dormir. Las voces, aunque débiles, traspasan la pared que
separa ambos domicilios. Nada es inteligible, ninguna palabra, excepto el
nombre de ella: María. ¡María! Y él sigue gritando, pero no entiendo nada más.
¡María! Y un golpe en la mesa, pero no sé a cuento de qué. Hago esfuerzos por
no prestar atención, por distraerme en un libro, en la televisión, pero cuanto se
me ocurre es en vano. Sólo quiero que se vayan a dormir para poder hacerlo yo.
Ojalá se acabe pronto. Y mañana ella vendrá. Como viene siempre. Llamará a mi
puerta y se disculpará. Yo diré que estaba dormido y que no oí nada. Luego, nos
quedaremos callados y, en la última mirada, un cruce de silencios: «Pero… ¿tú
estás bien?» Será lo que yo calle. «No te preocupes». Será lo que ella no diga.
Hasta luego, María. Hasta luego. Y cada uno a lidiar con lo suyo.
Él es un hombre
corriente. Su saludo, en la escalera, nunca me ha faltado. Una persona educada,
con un trabajo decente y una vida de la que nadie sospecharía los gritos que
ahora le oigo. María no dice nada. O, por lo menos, nada a voces. Cuando los
veo cruzar la calle o entrar en el portal, no distan mucho de la imagen de un
matrimonio de los de toda la vida. Tienen dos hijos pequeños, de los que no recuerdo
sus nombres. Afirmaría sin dudar que son una familia convencional, feliz dentro
de sus posibilidades, si no fuese su vecino. Pero de puertas para adentro debe
de ser muy diferente. Pese a la frecuencia de sus disputas matrimoniales, no
consigo acostumbrarme a ellas. Hay parejas que conviven de esa manera. Quizá
sea su pan de cada día y mañana como si nada. No lo sé.
Pero lo cierto es
que nunca les había oído como hoy. Qué estará ocurriendo al otro lado, me
pregunto. Cómo será la escena. Tengo la tentación de pegar el oído a la pared,
de saber qué pasa realmente en la casa de al lado. Pero no sé si quiero
saberlo; si querría escuchar cosas que me obliguen a tomar partido. Prefiero
mantenerme en la neutralidad. Mejor no hago ruido, no vayan a enterarse de que
estoy despierto. Escucho algo romperse. Un plato se habrá caído al suelo. Eso
quiero pensar. O quizá un jarrón. No lo sé.
Vuelve el silencio
un instante. El plato roto ha debido poner fin a la discusión. Lo ha pagado
ella, por desgracia, pero por fin se ha acabado. Vuelta al silencio
reconfortante. Voy a dormir. «¡María! ¡No llores!» Ahora si le he entendido…
Las dos y media casi. Cuándo acabará, pienso. Las voces van y vienen y se
alternan con un silencio inquietante. Rezo para que uno de ellos sea el
definitivo. Cómo será la escena, me pregunto de nuevo. Pego el oído a la pared.
No puedo resistirlo más. María llora. Yo tengo miedo. Otro golpe en la mesa. El
llanto de María se ahoga un poco más. Sólo habla él. María no dice nada. Llamo
o no llamo, pienso por primera vez. Esto ha ya ocurrido otras veces. Por qué
iba a ser diferente hoy. Mañana todo volverá a su lugar. Un lugar muy triste,
sí. Ellos lo eligen. No me puedo meter. No lo sé.
Me separo
bruscamente de la pared. He oído otro golpe. Por más que quiera engañarme, sé
lo que ha sido. ¿Llamo o no? No quiero imaginarme lo que está ocurriendo. Ahora
no quiero saberlo. Necesito silencio. Vuelven los golpes. María no habla, pero
ahora sí la escucho. De pronto, reparo en mí. Estoy nervioso. Lo noto en el corazón.
En la respiración. ¡María! Y más golpes. No separo la mano del pecho. Más
golpes. Y llanto. Pero no es María. Los niños se han despertado. Lloran.
Gritan. «¡Papá! ¡Mamá!» les oigo gritar. Pero los golpes no cesan. Los niños
chillan. ¿A los niños también? ¿Delante de ellos? ¡Dios mío, ¿qué hago?! Se
escucha el último. El más fuerte. Y después silencio, que ya no puede tornarse
en reconfortante. Pero, al fin, callan.
Las tres de la
mañana. Cómo la voy a mirar mañana a la cara, pienso. La tengo que ayudar, me
digo. Esto no puede seguir así. Cuando venga hablo con ella. Seguro que vendrá.
Necesito dormir.
El sueño durante la
noche es poco reparador, inquieto, pero sueño al fin y al cabo. Ahora, son las
nueve de la mañana y María llama a mi puerta insistentemente. No son horas,
pienso. Pero tengo que hablar con ella. Voy.
—Buenos días —me saluda un oficial
de policía—. Lamento decirle que han asesinado a su vecina esta noche. ¿Ha
escuchado usted algo?