“A fin de cuentas, todo es chiste”.
Este reduccionismo de Groucho Marx viene a afirmar que, desde el punto de vista
adecuado, todo puede afrontarse desde el sentido del humor. Estableciendo una analogía
con la cita del cómico, también sería posible afirmar que “a fin de cuentas,
todo es una cuestión de clase”, para dar explicación a cualquier tipo de
problema o conflicto social, incluidas todas las discriminaciones.
Quizá haya sido siempre así.
Quizá sea una condición intrínseca al ser humano. Quizá las clases no
desaparezcan nunca. Quizá nuestra simple percepción individual de los demás ya nos
hace clasificar a unos hombres como elevados y a otros como mundanos; y eso, en
sí mismo, ya es una distinción de clase. Sin embargo, cualquier discriminación tiene
como base la clase social a la que pertenezca la víctima en cuestión y, por
consiguiente, su capacidad económica. Si quitásemos el factor monetario de la
ecuación, ¿existiría tal discriminación? Probablemente, no. Tal vez exista
otra, perteneciente a otra clase. La mujer que posea una condición social
elevada, no sufrirá nunca ciertas discriminaciones que sí sufrirá una mujer de
clase trabajadora. Serán otras discriminaciones. Si aquella mujer trascendiera
su clase, ascendiendo a otra superior, trascendería también las
discriminaciones propias de la clase a la que pertenecía anteriormente. Y
cuando llegue al último peldaño de la escalera social, quizá no importe su
sexo, etnia, orientación sexual, género, nacionalidad, nacimiento, vecindad, ni
cualquier otra condición que posea. Se habrá pasado el juego de las discriminaciones.
“Cuando el moro es pobre, nos faltan metros en la valla de Melilla. Cuando tiene dinero, le abrimos las tiendas por la noche en Marbella”.
Manu Sánchez
Relata Iñaki Williams, delantero
titular del Athletic Club (muy bueno, por cierto) de nacionalidad ghanesa, cierta
“anécdota” en la que su madre visitaba una inmobiliaria con la intención de
comprar una casa. Pero claro, allí no sabían que estaban tratando con la madre
de un futbolista. No es solo racismo, es clasismo también, como citan en el
video. Así, toda discriminación es interseccional por naturaleza. Siempre se
esconde lo mismo tras la última capa: la pasta. En este caso particular, los prejuicios
son determinantes. La asociación entre etnia y clase. El problema es que estos
prejuicios no son percepciones individuales o aisladas de los otros. Son
construcciones sociales que configuran nuestra identidad. Todos discriminamos
de manera natural. Nacerán nuevas discriminaciones y seremos nosotros quienes
hostigaremos a los que posean esa nueva condición, esa nueva “rareza” que no
entendemos. Porque, al final y por lo que veo a mi alrededor, nos movemos por
una máxima muy simple: como a mí no me
pasa y como no lo entiendo, lo rechazo. Ese es el embrión de la
discriminación: la falta de empatía hacia el otro.
Qué se puede hacer. Cuánto es nuestra miserable condición humana o cuánto es nuestra miserable condición social. En qué porcentaje se reparte. A veces pienso que la utopía y la distopía avanzan en paralelo. Cada vez veo hombres capaces de lo mejor, y al volver la vista encuentro a otros, con nuevas y sofisticadas maneras para seguir siendo capaces de lo peor. En medio estas tú (y yo). Todos te dicen que el malo es el otro. Al final concluyes que los dos son iguales. Entonces ganan los hombres viles. Y a ti no te queda otro remedio que tomarte la vida con sentido del humor… a fin de cuentas, todo es un chiste.
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